Bautismo de sangre

Posted in Juegos, L5A, Rol by Pryrios on August 13, 2008 1 Comment
No Gravatar

Sus miradas se cruzaron de un lado a otro del puente, ambos quietos de pie sin atreverse a pisarlo. Ambos samurais portaban sus respectivos daishos y ambos sabían que si éstos llegaban a salir de sus vainas, uno de los dos no iba a salir vivo. Uno era joven y su energía latía con intensidad dentro de él. El otro era mucho más mayor y aunque había perdido la fuerza de la juventud, poseía una fortaleza de espíritu basada en la experiencia que infundía respeto a quién le mirase.

Finalmente, el chico se apartó a un lado. El hombre cruzó el puente y se detuvo ante él, mirándolo con curiosidad y una sonrisa ligeramente desdeñosa. El chico llevaba un kimono de color azul oscuro y una hakama negra. El hombre iba vestido con una sucia y rota hakama blanca y un chaleco de color rojo, también con aspecto descuidado.

- No llevas mon. Ronin. Por eso me has tratado como a un igual. Tu también eres un perro sin honor, pero desde hace poco, ¿eh?

El chico miró hacia el suelo avergonzado y furioso a la vez. El hombre sonrió más abiertamente.

- He dado en el clavo. Por tu gesto veo que no ha sido elección propia. – vió la expresión de ira en el rostro del joven.- Tranquilo, no pienso preguntarte por tu historia, no me interesa. Pero déjame darte un consejo, chico: Ya no perteneces al Orden Celestial. Olvida el honor del samurai, tu ya no lo tienes. Si no, poco vas a durar…

El hombre echó a andar, dejándolo en la entrada del puente a solas con sus pensamientos.

***************

Estaba anocheciendo y el sol apenas se veía mientras Soji caminaba pensativo, buscándole un significado a las palabras del hombre del puente, cuando oyó el grito de una chica en la lejanía. Frunció el ceño y sujetando su daisho corrió hacia el lugar. Cuando llegó, vio a una chica joven campesina y al que debía ser su abuelo o padre rodeados por tres samurais. Sus mons indicaban que pertenecían a una de las familias menores que habitaban las tierras del Clan Dragón.

- ¡Si no nos puedes pagar con dinero, nos vas a pagar con otra cosa! – dijo con una sonrisa de suficiencia uno de los tres samurais mientras miraba a la chica.
- Makoto, tenemos visita… – uno de los otros dos había visto a Soji acercarse.

Las cinco personas miraron a Soji y el que había hablado dio un paso adelante hacia él.

- Tú, lárgate de aquí si sabes lo que te conviene, ronin.
- ¡Detened este comportamiento indigno de samurais! – respondió Soji con vehemencia.
- ¿O qué? Nosotros somos tres y tu uno. – Makoto rió.

Una sombra apareció de detrás de un árbol y caminando poco a poco se acercó a Soji por detrás. El chico se sorprendió al verlo: era el mismo ronin del puente. Makoto frunció el ceño. Los otros dos samurais empezaron a ponerse nerviosos y sacaron sus espadas.

- Tienen razón, chico. Por número te ganan.
- ¿Vas a ayudarme? – preguntó Soji.
- No. No es cosa mía.
- Ja. Es un chico listo. Seguiríamos siendo más. – increpó Makoto, quien también estaba intranquilo y también sacó su espada.

De pronto, el anciano se puso en pie y empujó a uno de los dos samurais que lo vigilaban a él y a la chica.

- ¡Corre Nanami!¡Huye!

La chica se sorprendió y echó a correr. Sin embargo, el segundo samurai se interpuso y la detuvo a tiempo. El otro samurai, dejado llevar por los nervios, clavó la katana en el pecho del hombre mayor. Nanami gritó de nuevo y cayó al suelo de rodillas, paralizada por el horror.

- ¡No! – gritó Soji. – ¡Desgraciados!
- ¡A la mierda el viejo! – rió Makoto mirando un instante hacia el anciano y luego de nuevo hacia Soji.
- ¿Te das cuenta, chico? – habló de nuevo el ronin. – Ese es el verdadero honor del samurai. Tu antes pertenecías a ello, pero ya no.
- ¿Que coño dices? – le dijo Makoto al ronin. Éste lo ignoró sin dejar de mirarle. Siguió hablando con Soji.
- ¿Lo notas? Esa furia que hay dentro de ti. No es por el asesinato. Es porque dentro tuyo sabes que es por alguien como ellos que has perdido todo lo que tenías. Todo lo que querías. Tus manos están manchadas de sangre, pero las suyas están manchadas de inmundicia.

Los tres samurais ya no miraban al ronin, sino a Soji. Su respiración se había vuelto lenta, rítmica y con una amenazadora tranquilidad. Su mirada se había transformado en algo más profundo y duro. Había un odio frío en él. El ronin continuó.

- Es cierto que ellos son tres y tu uno. Ellos son tres samurais sin honor real capaces de matar a un viejo en un momento de nerviosismo por una situación que ellos han creado y que no pueden controlar. Queda claro de parte de quién está la ventaja. Ya solo queda una última cosa por hacer. – El hombre sonrió de nuevo como en el puente. – ¡Conviértete en un ronin de verdad!

Ese grito activó a Soji como un resorte. En dos veloces pasos alcanzó a Makoto y al momento éste yacía en el suelo sujetándose las tripas. El joven no perdió el tiempo esperando a que sus atacantes se le acercaran y fue a su encuentro empuñando su katana y su wakizashi. Esquivó sus burdos golpes llenos de cobardía y contraatacó.

Diez segundos más tarde todo había terminado.

***************

Los cuerpos fueron enterrados, incluido el del anciano. La campesina Nanami, el ronin y Soji, tres desconocidos, rezaron a las fortunas por sus almas. Tras eso, el ronin se acercó a Nanami y sacándo dos koku de una bolsita, se los tendió. El sol ya se había ocultado y los alumbraba solo la luz de la luna.

- Viajarás a cualquier pueblo alejado de aquí. Un koku debería serte suficiente para abrir un negocio en alguna parte y retomar tu vida. El otro koku es para que pagues a tu yojimbo por su protección hasta que llegues al lugar. – señaló a Soji quien le devolvió una perpleja mirada. – Aunque las fortunas te han impuesto una vida dura, aun puedes elegir tu camino. Ser ronin no es sencillo ni honorable, pero incluso los perros desean morir en paz con ellos mismos.

El ronin empezó a irse.

- Mi nombre es Soji. ¿Cómo te llamas tu, ronin?
- Sanji. – respondió sin girarse, mientras seguía andando.
- Lo recordaré por si nos volvemos a encontrar. – respondió Soji.
- Si eso sucede, prefiero que recuerdes lo que te he enseñado hoy. ¡Bien podría ser que en nuestro próximo encuentro debiéramos cruzar nuestras espadas! – alzó la mano a modo de despedida y se perdió en la noche.

(PD para Norda: QJ!QJ!QJ!QJ!QJ!)