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Posted in Cuentos by Pryrios on November 12, 2009 No Comments yet
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Lya despertó de un largo sueño y lo primero que sintió fue frio. Intentó abrir los ojos, pero le costaba mover los párpados. Le dolían. En un primer momento, le entró vertigo y pánico: no veía nada. Poco a poco, formas borrosas se fueron formando en su campo de visión. Estaba metida en una suerte de armario metálico con cristales, desnuda en el interior de una especie de capsula.

La luz se colaba por un resquicio, iluminando tenuemente la habitación. Cuando sus ojos terminaron de adaptarse, distinguió otras capsulas, en su mayoría vacías o rotas con su ocupante aplastado dentro. La mitad de la sala se encontraba en ruinas. Hizo unos cuantos intentos de salir de la capsula, pero tuvo que tropezar hacia adelante para poder salir, revolcándose por el suelo. Seguía sintiendo un frío intenso y se abrazó. Tuvo una arcada, pero no salió vomito de su boca. Ni siquiera bilis. Incluso aunque tenía ganas de llorar, tampoco le salían lágrimas.

Su mente empezó a situarse y poco a poco fue ganando control sobre si misma. Ahora ya no sentía el frio intenso de antes, estaba entrando en calor, aunque todavía hacia frio. Haciendo un esfuerzo, logró ponerse de rodillas. Divisó la puerta de la habitación y se dirigió hacia ella medio arrastrándose medio gateando. Notó como la sangre volvía a circular con normalidad y le volvían las fuerzas poco a poco. Ayudándose con el marco, se puso de pie. Dió unos pasos tentativos en la nueva sala en la que estaba. Ahora podía sostenerse en pie.

Había algo más de luz, de otro agujero mayor en el techo. La sala era rectángular y estaba entera. A un lado había una banqueta larga, al otro pequeños armarios compartimentados de chapa y al fondo otra puerta. Abrió uno de los armarios y la luz se reflejo en un espejo que le devolvió su propia imagen. Lya era una muchacha que no pasaría los veintinueve años, con el cabello rojo y corto y ojos verdosos. Su cuerpo sugería el de una joven belleza que había pasado demasiada hambre. Su estómago despertó al pensar en ello y se dió cuenta que no solo estaba deshidratada sino también muerta de hambre.

Vió ropa en el armario y aunque por su aspecto estaba muy vieja, se la puso con la esperanza de abrigarse del frio del lugar. Echó a andar por la otra puerta. Se encontraba en alguna especie de base o laboratorio subterráneo.  No recordaba aquel lugar ni sabía que hacía allí. De hecho, solamente tenía difusos fragmentos de su pasado que no sabía como ordenar por el momento. Sin embargo, la necesidad de encontrar agua o comida era mucho más apremiante.

Vagó por túneles y escaleras, por habitaciones y salas sin dar con nada hasta que, después de una eternidad, encontró la salida. El sol la deslumbró y volvió a sentir dolor en sus párpados. El vértigo hizo que tuviera que apoyarse en una roca sobre la cual estaba excavada la puerta de aquel lugar. Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la luminosidad. Vió un par de hangares cercanos con varios vehículos destartalados y oxidados. El pavimento daba la sensación de tener muchos años y de no haber sido arreglado en todos ellos, con partes fragmentadas y gravilla por todas partes. La vegetación formada por arbustos y malas hierbas había colonizado el lugar.

Divisó no lejos de allí un riachuelo y caminó hasta él. La dificultad del terreno comparada a los llanos pasillos de la base le representó un grave obstáculo, pero la apremiante sed le hizo superarlo. Se agacho sobre el rio y tendió las manos para coger un poco de agua que se llevó a la boca. Sabía que no debía beber demasiado de golpe o le sentaría mal, así que tomó unos cuantos sorbos y esperó a ver que tal le caía. Repitió la operación unas cuantas veces más y aprovechó para lavarse la cara. Poco a poco, el Sol terminó de calentar su maltrecho cuerpo. Después de beber y gracias al recién recuperado calor se sintió con más fuerzas y se puso en pie.

No sabía donde estaba, ni por qué estaba allí. No sabía hacia donde ir, pero había una carretera. Decidió seguirla, parecía la apuesta mas segura para encontrar a alguien.

Magic Blues

Posted in Cuentos by Pryrios on April 2, 2009 2 Comments
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- ¿Estas seguro de que lograremos detenerlo esta vez? – Preguntó el hombre rubio mirando desde el tejado hacia la calle. Vestía un traje de color beige sin corbata y llevaba unas gafas de sol de cristal marrón oscuro pese a ser ya de noche. Sostenía un florete en la mano como si fuera la cosa más natural del mundo.
- Esta vez sí. Hemos tomado muchas precauciones al respecto y esta vez ya no podemos dejarlo pasar más. – respondió el otro hombre que estaba a su lado. Éste llevaba una ropa más casual, con tejanos y camiseta. También iba armado, pero en su caso, el arma era una recortada de doble cañón. – La estabilidad misma depende de este encuentro y la verdad es que no podemos fracasar, de lo contrario todo sería un desastre. Así pues, más vale afrontarlo de un modo positivo.
- Pero Jakie, Paul y los otros no se si estarán preparados para este combate…
- No puedes protegerlos siempre, Nicholas. También deben seguir su propio camino, afrontar sus dificultades. No te preocupes por eso, estamos tu y yo. Todo irá bien. Ahí viene.

Un hombre solitario apareció por un extremo del callejón, con un abrigo de color negro y una funda de algún instrumento a su espalda. Tenía el pelo corto y negro, bien peinado. Su rostro estaba serio. No parecía muy dado a reirse de nada. Llegó a la mitad del callejón y se detuvo. Y entonces, tras un breve momento de incertidumbre, descolgó el instrumento con un rápido movimiento y lo arrojó a un costado, contra un montón de bolsas de basura. Al mismo tiempo se oyó un grito de alarma y el caos se formó.

*******

A Roy lo que le gustaba de verdad era el Blues. Nadie percibia las notas y la música como él, pero solo le pasaba cuando sonaba una canción de Blues, Jazz o similar. Alguna vez había encontrado a alguien con un cierto sentido similar al suyo, pero nunca igual. Nadie parecía capaz de comprenderlo y de todos modos, a Roy le importaba bien poco. Nunca se separaba de su saxofón y de hecho, dedicaba su vida a ir de un lado a otro a tocar, muchas veces ni siquiera por dinero, solo por tocar.

Pero tenía otras tareas que no podía rehuir y que tenían que ver solo tangencialmente con la música. Así que cada vez que se acercaba el amanecer, tenía que volver a su refugio, atender esas necesidades tediosas. De todos modos, Roy sabía que obsesionarse con algo era peligroso, porque distraía la mente, así que intentaba llegar a algún equilibrio entre la música y lo demás. A veces, cuando deseaba olvidar, tocaba sin descanso pero no solía hacerlo mucho porque normalmente significaba problemas.

Como ahora.

Roy se quedó quieto y se concentró. Siete personas, cinco en la calle y dos en el tejado. No iba a ser fácil, pero nunca lo era. Con un rápido movimiento lanzó su saxofón a un lado para que no resultara dañado por la pelea. Al siguiente instante, un grito de ataque surgió al mismo tiempo que buscaba sus dos magnums en el interior del abrigo.

Una burbuja purpura lo envolvió. Las balas empezaron a volar a su alrededor, pero sin darle. Vió a dos individuos venir con sendos machetes en la mano. Volvió concentrarse y cuando los disparos salieron de sus dos pistolas, ambos impactaron a la perfección en la frente de sus atacantes. La burbuja empezó a flaquear. Se impulsó hacia adelante, agachándose en dirección a los que disparaban. Llegó al primero cuando su burbuja desapareció. Lo asió por el cuello cuando empezaba a decir algo y lo usó como escudo humano. Los disparos de sus compañeros lo atravesaron por error y rozarón a Roy, que se maldijo por no haber previsto eso.

Soltó el cuerpo y volvió a disparar en dirección a ambos, con idéntica puntería. Ya había tenido que gastar la mayor parte de su reserva de poder, pero al menos había acabado con cinco de ellos. En ese instante, una detonación muy fuerte se oyó y una bala le atravesó el muslo desde arriba. Gritó de dolor y cayó al suelo. Aquello ya no pintaba tan bien.

- Estás acabado, chico. Ríndete de una vez. – dijo el de la recortada tras aterrizar junto a su compañero en el suelo. – Y dinos donde has escondido la estatuilla.

Roy sin hacer caso a su atacante, alzó la pistola para dispararle. Sin embargo, el hombre de la escopeta reaccionó y disparó primero. La escopeta explotó en mil pedazos, destrozando la mano del hombre, quien empezó a gritar de dolor.

- ¡Mátalo! – gritó a su compañero. Se giró y lo vió desplomarse en el suelo por culpa de un trozo de escopeta que le había impactado en la sien. – ¡Mierda! – Miró a Roy que aun tenía la pistola en la mano y luego se fue corriendo, con un muñón en lugar de mano. Hoy no podría detener a Roy.

Roy sonrió para si mismo y no le disparó. Se miró la pierna y pensó que quizás haber gastado todo su poder en aquel último conjuro no había sido muy buena idea. Sin embargo, se puso en manos de la suerte una vez más, se levantó, recogió su saxofón y se fue a comprobar si podría llegar a casa antes de desangrarse o no.

La suerte a veces podía ser una auténtica puta.

Pryrios literario

Posted in Cosas, Cuentos by Pryrios on November 19, 2008 1 Comment
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Bueno, el título es una exageración. Como persona flipada que soy, estoy escribiendo un libro una historia que no se como de larga va a ser, porque cambio de idea tantas veces que la trama que piense hoy no tiene que parecerse a la que piense mañana.

Dicen que todo hombre tiene que hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Yo ya planté un árbol una vez hace tiempo, aunque como reza en la canción de Javier Krahe, el susodicho árbol fue retirado por unas obras. Hijo aún no he tenido y como soy una persona esencialmente secuencial, primero dejadme terminar mi libro historia y luego ya me lo empezaré a plantear.

Sea como fuere, esto lo escribo porque quiero y me molo a mi mismo y porque me sirve como saco de boxeo contra la ansiedad. Si encima va y le gusta a alguien, pues ya sería la rehostia, así que lo voy publicando en un blog, una vez lo ha corregido mi correctora y lo ha revisado mi editora.

La historia se titula “El Último Hombre Bueno” y su blog es http://nochedecaza.wordpress.com/. Es un blog horrible, con un diseño horrible, pero estoy a la espera de que mi diseñadora gràfica me haga un diseño de banner chulo. solo hay tres capítulos que en términos reales serían uno solamente, pero así me da la impresión de que he escrito más que van ordenados así:

El Último Hombre Bueno

Disfruten o váyanse al infierno.

Pryrios de Hyperion

PD: No, no estoy explotando a nadie. Creo.

Una historia de amor

Posted in Cuentos, Personas by Pryrios on May 28, 2008 1 Comment
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Era rubia y eso es todo lo que recuerdo de ella, juntamente con su cuerpo digno de la más hermosa Afrodita. No recuerdo su nombre, lo olvidé entre los días, meses y años que han pasado desde entonces y eso que tampoco han sido tantos.

La conocí en una de tantas bodas a las que mis amigos me han invitado. Fue una de esas en que no conoces a nadie y te ponen en la mesa de “otros amigos” del novio que son más o menos de tu edad. Pero la conocí antes del banquete, antes incluso de la ceremonia. Fue mi amigo, el que se casaba, quien nos presentó. Ella en seguida se mostró amistosa y empezó a hablarme. Yo le seguí la conversación, contento de poder evitar el aburrimiento que provoca el estar solo en un sitio donde debes guardar las apariencias.

Me habló de muchas cosas que le gustaban y me preguntó por las que me gustaban a mi. Alabó mi simpatía: “Eres una persona muy simpática”, me dijo. Y así seguimos hablando durante la ceremonia, fuera de la iglesia porque ni ella ni yo eramos muy religiosos. Supe que era soltera como yo, que solo tenía dos años menos y que le encantaba salir por las noches de fiesta.

En la mesa durante la comida reímos y contamos chistes, hicimos jarana con los demás invitados y nos divertimos. “Me encantaría bailar contigo”, me dijo, y bailamos hasta que los pies nos dolieron. Luego fuimos a sentarnos, pero en el jardín, fuera, “Vayamos a donde nos pueda ver la brisa del atardecer pero no los ojos de los demás invitados. Quiero estar a solas contigo.” me dijo. Y allí fuera me besó. Fue un beso apasionado y largo, acompañado de caricias. No me negué porque siempre he sido un débil para estas cosas.

Despedimos a los novios y luego me invitó a nuestra propia luna de miel. Me llevó a su casa donde no había nadie y después de cenar unas uvas con champán, hicimos el amor. Esa parte la puedo recordar perfectamente: sus caderas, sus pechos, su piel suave, sus movimientos. Fue uno de los polvos más salvajes que habré hecho en toda mi vida. Había un gesto extraño en sus ojos, en el modo de mirarme. Hicimos el amor hasta que ya no pude más. Ella no parecía cansada, pero por alguna razón, si parecía satisfecha. “Te quiero”, me dijo entonces y me sobresaltó. No acertaba a comprender que una persona tan inteligente como me había parecido, cometiera el absurdo de confundir aquel polvo y aquel día con amor.

Me fui a la mañana siguiente, pero no de forma furtiva. Nos despedimos con dos besos en las mejillas, pero no nos dimos los números de teléfono ni las direcciones. Fue un adiós y un hasta nunca. Yo aún pensaba en la razón de que me hubiera dicho aquel “Te quiero”. Y es hoy, después de tantos días, meses y años, que me doy cuenta de que aquel día no habló conmigo, no me besó a mi ni hicimos el amor juntos. Evocando sus ojos con la experiencia que me ha dado la vida, comprendí su verdad.

Porque a quien intentaba gustar, a quien intentó enamorar y querer era a ella misma.

Dedicado a Joaquin Sabina, que puede no ser el mejor cantante, pero es indudablemente un poeta.