Lya despertó de un largo sueño y lo primero que sintió fue frio. Intentó abrir los ojos, pero le costaba mover los párpados. Le dolían. En un primer momento, le entró vertigo y pánico: no veía nada. Poco a poco, formas borrosas se fueron formando en su campo de visión. Estaba metida en una suerte de armario metálico con cristales, desnuda en el interior de una especie de capsula.
La luz se colaba por un resquicio, iluminando tenuemente la habitación. Cuando sus ojos terminaron de adaptarse, distinguió otras capsulas, en su mayoría vacías o rotas con su ocupante aplastado dentro. La mitad de la sala se encontraba en ruinas. Hizo unos cuantos intentos de salir de la capsula, pero tuvo que tropezar hacia adelante para poder salir, revolcándose por el suelo. Seguía sintiendo un frío intenso y se abrazó. Tuvo una arcada, pero no salió vomito de su boca. Ni siquiera bilis. Incluso aunque tenía ganas de llorar, tampoco le salían lágrimas.
Su mente empezó a situarse y poco a poco fue ganando control sobre si misma. Ahora ya no sentía el frio intenso de antes, estaba entrando en calor, aunque todavía hacia frio. Haciendo un esfuerzo, logró ponerse de rodillas. Divisó la puerta de la habitación y se dirigió hacia ella medio arrastrándose medio gateando. Notó como la sangre volvía a circular con normalidad y le volvían las fuerzas poco a poco. Ayudándose con el marco, se puso de pie. Dió unos pasos tentativos en la nueva sala en la que estaba. Ahora podía sostenerse en pie.
Había algo más de luz, de otro agujero mayor en el techo. La sala era rectángular y estaba entera. A un lado había una banqueta larga, al otro pequeños armarios compartimentados de chapa y al fondo otra puerta. Abrió uno de los armarios y la luz se reflejo en un espejo que le devolvió su propia imagen. Lya era una muchacha que no pasaría los veintinueve años, con el cabello rojo y corto y ojos verdosos. Su cuerpo sugería el de una joven belleza que había pasado demasiada hambre. Su estómago despertó al pensar en ello y se dió cuenta que no solo estaba deshidratada sino también muerta de hambre.
Vió ropa en el armario y aunque por su aspecto estaba muy vieja, se la puso con la esperanza de abrigarse del frio del lugar. Echó a andar por la otra puerta. Se encontraba en alguna especie de base o laboratorio subterráneo. No recordaba aquel lugar ni sabía que hacía allí. De hecho, solamente tenía difusos fragmentos de su pasado que no sabía como ordenar por el momento. Sin embargo, la necesidad de encontrar agua o comida era mucho más apremiante.
Vagó por túneles y escaleras, por habitaciones y salas sin dar con nada hasta que, después de una eternidad, encontró la salida. El sol la deslumbró y volvió a sentir dolor en sus párpados. El vértigo hizo que tuviera que apoyarse en una roca sobre la cual estaba excavada la puerta de aquel lugar. Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la luminosidad. Vió un par de hangares cercanos con varios vehículos destartalados y oxidados. El pavimento daba la sensación de tener muchos años y de no haber sido arreglado en todos ellos, con partes fragmentadas y gravilla por todas partes. La vegetación formada por arbustos y malas hierbas había colonizado el lugar.
Divisó no lejos de allí un riachuelo y caminó hasta él. La dificultad del terreno comparada a los llanos pasillos de la base le representó un grave obstáculo, pero la apremiante sed le hizo superarlo. Se agacho sobre el rio y tendió las manos para coger un poco de agua que se llevó a la boca. Sabía que no debía beber demasiado de golpe o le sentaría mal, así que tomó unos cuantos sorbos y esperó a ver que tal le caía. Repitió la operación unas cuantas veces más y aprovechó para lavarse la cara. Poco a poco, el Sol terminó de calentar su maltrecho cuerpo. Después de beber y gracias al recién recuperado calor se sintió con más fuerzas y se puso en pie.
No sabía donde estaba, ni por qué estaba allí. No sabía hacia donde ir, pero había una carretera. Decidió seguirla, parecía la apuesta mas segura para encontrar a alguien.