Esta noche es la primera noche que he pasado en el piso por fin. La semana pasada, entre todo el ajetreo de inicio de clases, como no quería reventarme en exceso (me gusta cuidarme un poco desde que me convenció Marta de que sería mejor para mi salud) no llevé todo lo que tenía que llevar, por lo que no pude mudarme aún.
Así pues, el domingo, todo cargado de trastos y ropa (arrejuntado todo en poco más de veinte minutos, para que no se diga que hago las cosas con tiempo), me armé de valor, pillé el tren y me largué, dejándo mi habitación, mi ordenador y mi coche, tres elementos hasta ahora indispensables en mi vida. Llegué y mi nuevo “roommate” se ofreció muy amablemente a cocinar para los dos mientras yo ponía orden en mi nueva leonera.
La cosa está en que, como predijo que la madre de Norda, que es tan agorera como su hija cuando quiere (de buen rollo
), no he dormido bien. De hecho, casi que no he dormido, porque estaba en ese estado de sueño y vigilia en el que puedes abrir los ojos cuando quieras, pero no quieres, pero sabes que no estas plenamente dormido. Y así toda la noche, por lo que ahora debo tener una jeta impresionante. Además, llueve a cántaros, y en estos días de lluvia servidor necesita un entorno “hogareño” y, por desgracia, el piso aun no es “hogareño”.
Por eso, es muy poco probable que esta tarde vaya a clase. Aprovecharé para comer de forma decente a las 15 y me quedaré por el club a ver si aminora un poco la lluvia. Si a las cinco estoy algo más despejado quizás vaya a la segunda clase y todo, pero la verdad es que necesito tiempo. Esta semana, mientras me adapto al piso, iré un poco errático (lo mínimo posible), pero bueno, en realidad era algo que entraba dentro de mis planes.
Por suerte, soy una persona que se aclimata rápido a los cambios geográficos, así que no os preocupéis
Pryrios de Hyperion