- ¿Estas seguro de que lograremos detenerlo esta vez? – Preguntó el hombre rubio mirando desde el tejado hacia la calle. Vestía un traje de color beige sin corbata y llevaba unas gafas de sol de cristal marrón oscuro pese a ser ya de noche. Sostenía un florete en la mano como si fuera la cosa más natural del mundo.
- Esta vez sí. Hemos tomado muchas precauciones al respecto y esta vez ya no podemos dejarlo pasar más. – respondió el otro hombre que estaba a su lado. Éste llevaba una ropa más casual, con tejanos y camiseta. También iba armado, pero en su caso, el arma era una recortada de doble cañón. – La estabilidad misma depende de este encuentro y la verdad es que no podemos fracasar, de lo contrario todo sería un desastre. Así pues, más vale afrontarlo de un modo positivo.
- Pero Jakie, Paul y los otros no se si estarán preparados para este combate…
- No puedes protegerlos siempre, Nicholas. También deben seguir su propio camino, afrontar sus dificultades. No te preocupes por eso, estamos tu y yo. Todo irá bien. Ahí viene.
Un hombre solitario apareció por un extremo del callejón, con un abrigo de color negro y una funda de algún instrumento a su espalda. Tenía el pelo corto y negro, bien peinado. Su rostro estaba serio. No parecía muy dado a reirse de nada. Llegó a la mitad del callejón y se detuvo. Y entonces, tras un breve momento de incertidumbre, descolgó el instrumento con un rápido movimiento y lo arrojó a un costado, contra un montón de bolsas de basura. Al mismo tiempo se oyó un grito de alarma y el caos se formó.
A Roy lo que le gustaba de verdad era el Blues. Nadie percibia las notas y la música como él, pero solo le pasaba cuando sonaba una canción de Blues, Jazz o similar. Alguna vez había encontrado a alguien con un cierto sentido similar al suyo, pero nunca igual. Nadie parecía capaz de comprenderlo y de todos modos, a Roy le importaba bien poco. Nunca se separaba de su saxofón y de hecho, dedicaba su vida a ir de un lado a otro a tocar, muchas veces ni siquiera por dinero, solo por tocar.
Pero tenía otras tareas que no podía rehuir y que tenían que ver solo tangencialmente con la música. Así que cada vez que se acercaba el amanecer, tenía que volver a su refugio, atender esas necesidades tediosas. De todos modos, Roy sabía que obsesionarse con algo era peligroso, porque distraía la mente, así que intentaba llegar a algún equilibrio entre la música y lo demás. A veces, cuando deseaba olvidar, tocaba sin descanso pero no solía hacerlo mucho porque normalmente significaba problemas.
Como ahora.
Roy se quedó quieto y se concentró. Siete personas, cinco en la calle y dos en el tejado. No iba a ser fácil, pero nunca lo era. Con un rápido movimiento lanzó su saxofón a un lado para que no resultara dañado por la pelea. Al siguiente instante, un grito de ataque surgió al mismo tiempo que buscaba sus dos magnums en el interior del abrigo.
Una burbuja purpura lo envolvió. Las balas empezaron a volar a su alrededor, pero sin darle. Vió a dos individuos venir con sendos machetes en la mano. Volvió concentrarse y cuando los disparos salieron de sus dos pistolas, ambos impactaron a la perfección en la frente de sus atacantes. La burbuja empezó a flaquear. Se impulsó hacia adelante, agachándose en dirección a los que disparaban. Llegó al primero cuando su burbuja desapareció. Lo asió por el cuello cuando empezaba a decir algo y lo usó como escudo humano. Los disparos de sus compañeros lo atravesaron por error y rozarón a Roy, que se maldijo por no haber previsto eso.
Soltó el cuerpo y volvió a disparar en dirección a ambos, con idéntica puntería. Ya había tenido que gastar la mayor parte de su reserva de poder, pero al menos había acabado con cinco de ellos. En ese instante, una detonación muy fuerte se oyó y una bala le atravesó el muslo desde arriba. Gritó de dolor y cayó al suelo. Aquello ya no pintaba tan bien.
- Estás acabado, chico. Ríndete de una vez. – dijo el de la recortada tras aterrizar junto a su compañero en el suelo. – Y dinos donde has escondido la estatuilla.
Roy sin hacer caso a su atacante, alzó la pistola para dispararle. Sin embargo, el hombre de la escopeta reaccionó y disparó primero. La escopeta explotó en mil pedazos, destrozando la mano del hombre, quien empezó a gritar de dolor.
- ¡Mátalo! – gritó a su compañero. Se giró y lo vió desplomarse en el suelo por culpa de un trozo de escopeta que le había impactado en la sien. – ¡Mierda! – Miró a Roy que aun tenía la pistola en la mano y luego se fue corriendo, con un muñón en lugar de mano. Hoy no podría detener a Roy.
Roy sonrió para si mismo y no le disparó. Se miró la pierna y pensó que quizás haber gastado todo su poder en aquel último conjuro no había sido muy buena idea. Sin embargo, se puso en manos de la suerte una vez más, se levantó, recogió su saxofón y se fue a comprobar si podría llegar a casa antes de desangrarse o no.
La suerte a veces podía ser una auténtica puta.