
Llega el otoño (tarde, ya no nos quiere) y con él las lluvias, el frío, las castañas y los boniatos. Para mi familia esto tiene más implicaciones que para la mayoría, dado que llevamos uno de los dos puestos de castañas que hay en Manresa. Pero no se trata de uno de esos puestos que te encuentras por Barcelona o por Zaragoza (y supongo que por Madriz y otras ciudades), montados por el ayuntamiento y regentados por alguna persona contratada temporalmente.
Nosotros lo gestionamos todo: permisos del ayuntamiento, montar el puesto, tener las torradoras en buen estado, la iluminación… todo. Y la verdad es que eso tiene mucha faena. También procuramos hacer las castañas lo mejor que podemos. Por ejemplo, yo en los puestos que he visto en las ciudades, la gente se limita a dejar las castañas en la torradora ahí quietas, con el fuego muy lento para que se hagan, moviéndolas de vez en cuando. Nosotros procuramos que el fuego esté bien fuerte y las movemos a menudo para que se hagan de forma lo más homogénea posible. Luego, cuando están en su punto, las sacamos de la torradora y las ponemos en capazos, tapadas con trapos de lana para que no se enfríen. Y creedme que la diferencia se nota.
Antes lo solían llevar mis abuelos, con la ayuda de mi tío, mi tía y mis padres, pero como ahora están ya un poco mayores, mi madre y mi tío se hacen cargo de todo, con la ayuda de mi padre y mi tía y, esporádicamente, mis abuelos. Empezamos el uno de octubre y acabamos el 30 de noviembre y normalmente con mis tíos y mis padres turnándose, lo llevan bien.
Sin embargo, como os podéis imaginar, hay dos días que son de intensa actividad: el 31 de octubre y el 1 de noviembre, aunque el segundo no sucede siempre. Pero el 31 es la Castañada (antiguamente era para Todos los Santos) y eso implica, al menos para Cataluña, que todo dios compra castañas. Pero no solo las personas, sino que también servimos castañas (hechas y crudas) a colegios, empresas y demás. Muchos kilos de castañas.
Ese día toda la maquinaria familiar (del ramal Manresano por parte de mi madre) se pone en pie de guerra. En el mostrador vendiendo castañas mi madre, mi tía y mi hermana, turnándose alguna para descansar con mi abuela. En las torradoras yo, mi padre y mi cuñado y controlando los boniatos (también hacemos boniatos) y coordinando los encargos, mi tío. Desde aproximadamente a las cinco y media/seis hasta las nueve de la noche, es un no parar, llueva, haga frío o haya una tuna cantando al lado (verídico en una ocasión hace muchos años). Y el día 1, a repetir, probablemente.
Pero mola porque estoy con la familia. Mola porque el porrón con moscatel rula arriba y abajo y porque los panellets que compramos en una pastelería cercana donde nos conocen están buenísimos. Mola porque las castañas y los boniatos me encantan y mola porque actualmente es el único contacto real que tengo con la ciudad que me vio crecer.
Feliz castañada a todos este fin de semana. Yo estaré currando