
El sábado por la noche, Conan, mi perro Yorkshire Terrier, murió. Tenía doce años y un problema de corazón que desembocó en un edema pulmonar hace escasamente un més que finalmente ha acabado con él. Mi madre lloró muchísimo y mi padre, aunque no quiera admitirlo, también se siente mal aunque no era nada que no esperásemos. Yo tampoco soy una excepción, por supuesto.
Mi perro, que medía escasos veinte centímetros desde los pies delanteros a la cabeza cuando estaba perrunamente erguido era mucho como yo: sus gustos para la vida consistían en hacer tres actividades el mayor tiempo posible: dormir, comer y fornicar. Desgraciadamente, la última no podía hacerla mucho, pero las otras dos compensaban.
Mi perro era, también, un poco egoísta. Su bien estaba por encima del del resto y si él estaba cómodamente tumbado y lo querías quitar, gruñía enfadado. Si no quería que nadie le tocase, se iba. Sin embargo, al mismo tiempo, se preocupaba por todos los miembros de la casa. Solía tumbarse en los cruces del pasillo de mi pasa para poder estar pendiente del máximo de personas que pudiera si estábamos repartidos por varias habitaciones. Los críos pequeños de mi hermana, aunque les tenía miedo, los vigilaba siempre de cerca e incluso si venía alguien a quien no conocía a mirarlos, gruñía de forma protectora.
Mi perro necesitaba dormir siempre cerca de alguien si era posible. No a su lado, pero si en la misma habitación a pie de cama, excepto en invierno, que si subía, al menos cuando era más joven. Cada mañana, si yo me despertaba más tarde que mis padres, en cuanto estos de ponían en movimiento, venía a mi cuarto (me despertaba con sus patitas contra el suelo) y se tumbaba en el cojín que siempre dejaba en el suelo para él o encima de la ropa que me había quitado el día anterior.
Mi perro quería a mi padre porque lo sacaba a pasear y jugaba con él. Quería a mi madre porque le daba de comer de estrangis sin que mi padre lo supiera y le daba muchas caricias. A mi simplemente me quería, porque debo admitir que a veces olvidaba sacarlo a pasear por ejemplo, o no solía prodigarme mucho en darle jamón o similar cuando me tenía que encargar de él.
Yo no era su dueño, como si lo eran mi padre y mi madre, a quienes obedecía por miedo al castigo o por amor al premio. Él y yo nos tratábamos como a iguales. No nos molestábamos el uno al otro pero buscábamos nuestra compañía mutua. A él le asustaban los petardos, y cada vez que era San Juan o el Barça ganaba algo, o la selección llegaba a cuartos (¡ja!) venía conmigo. Siempre que algo le asustaba mucho, de hecho, venía a mi habitación. Yo, como “amo”, no valgo gran cosa, pero aún así, el perro acudía a mi. Y a mi me gustaba saber que mi perro confiaba en mi al fin y al cabo.
Durante doce años me dió mucha confianza. Fui el primero que le dedicó atención en casa, porque mi madre me lo trajo de la faena (fue un regalo de su jefe) y luego se fue a comprar con mi padre. Mi perro me ha dado muchas alegrias y lo cierto es que muy pocas decepciones. Incluso me ha hecho gracia ver que mi perro hizo honor a su nombre, puesto que entre sus hazañas se cuenta una lucha contra dos pastores alemanes (a la vez), un doberman y un gato rabioso. No venció ninguna de las peleas, pero ninguna lo ha acobardado nunca. Ah, y no tenía un ladrido estridente. Nerwood, la primera vez que lo oyó ladrar desde el rellano de mi casa, pensó que tenía una cría de pastor alemán, y en realidad era una cría (6 o 7 meses) de Yorkshire Terrier.
Mis abuelos han tenido muchos perros que han ido pasando sin mucha pena o mucha gloria. Conan fue distinto. Más listo que el hambre, egocéntrico, cariñoso y protector a partes iguales. Por todo eso, por todos los buenos momentos, por todos los ratos de compañía, los lametones y los juegos, no te pienso olvidar nunca pequeñajo.
Cuando pueda, actualizaré el post con una foto suya, que no tengo ninguna a mano.