- Lo siento, soy un simple vendedor de frutas. No me suena nadie que pueda daros información – dijo el vendedor, mirando con desconfianza a Gregorius y a Mya.
- Claro, lo entiendo. – respondió Gregorius – ¿Que tal son esos pomelos, señor frutero?
- ¡Oh, los mejores de todo Kish, por supuesto!¡No encontrarás unos más buenos!
- Pongamos que me quedo dos. ¿Cuanto me costarán? – inquirió el negro mirando con los ojos entrecerrados al comerciante.
- Pongamos que… dos fenix.
Gregorius miró a Mya y esta asintió. Mal estaba en la taberna tomando una cerveza y Klaus estaba predicando por las calles mientras ellos dos reunian la información necesária para llegar más o menos a salvo hasta las coordenadas indicadas por el tio de Mya. Ésta sacó dos relucientes monedas sin romper y las entregó al frutero mientras Gregorius cogía los dos pomelos y mordía uno.
- ¿Y ahora, puede recordar si alguien puede darnos esa información? – volvió a preguntar.
- Hmmm si… creo que si. Probad en aquel establecimiento de comida de allí. Estoy seguro de que podréis obtener lo que buscáis.
En ese momento, alguien chocó con Mya. Un chaval pequeño se disculpó y salió corriendo entre la gente. Mya se palpó el lugar donde debía estar la bolsa con los treinta fenix que su tio le había prestado y de donde había sacado los dos para pagar al comerciante y ésta no estaba en su sitió. Gritó “al ladrón!” y señaló hacia el chaval que se abría paso entre la multitud.
Gregorius no se hizo de rogar. Salió corriendo tras el chaval, apartando con sus grandes brazos a la gente y ganándole terreno. Vió al chico entrar en un callejón y mientras maldecía, sacó su cuchillo por lo que pudiera encontrarse allí. Siguió persiguiendo al chaval y ya pensaba que lo iba a perder cuando éste se tropezó y se estrelló contra el suelo. Gregorius llegó en un par de zancadas.
El chico empezó a llorar y a gritar que lo atacaban. Gregorius guardó el cuchillo y miró seriamente al chaval. Cogió la bolsa que éste tenía en las manos y le dió a cambio el pomelo que no había mordido.
- Y ahora piérdete, chico. No vuelvas a hacerlo.
Mal contempló a través de la ventana de la cantina la enorme figura del mecánico cuando se oyeron los gritos del chico. Se fijó en que tres matones que estaban junto a la puerta trasera que daba al callejón donde estaba Gregorius, se levantaron y fueron hacia allí. Valoró la situación y decidió ponerse en pie él también.
Gregorius contempló al chaval largarse y al darse la vuelta se encontró con los tres matones, el líder de los cuales era casi tan grande como él.
- ¿Algún problema? – inquirió el mecánico
- Si. Se me ha caído la bolsa – respondió el matón devolviéndole la mirada.
Gregorius no se dejó intimidar. Los matones iban armados con cuchillos y estaban aún a una cierta distáncia. Antes de que pudieran acercarse del todo, sacó un enorme rifle que llevaba tapado por su capa.
- Creo que te equivocas. Será mejor que os larguéis. – le dijo tranquilo.
- No nos impresionas con ese… – la frase del matón se vio cortada por el estruendo de un cubo de basura cayendo al suelo tras los matones. Al girarse vieron a Malcolm apuntándoles con su Colt Anaconda de seis pulgadas.
- Vaya, que torpe que soy – dijo Mal con calma y naturalidad.
- Tal y como yo lo veo, podré disparar a uno de vosotros antes de que os acerquéis a mi. Me da igual quién. Eso decidídlo vosotros. – les dijo Gregorius. Los dos matones más bajos se empezaron a acobardar, pero el líder parecía mantener la calma aún.
- Seguís siendo dos… – dijo el jefe algo nervioso pero sin acobardarse.
- ¿Y creeis que podréis esquivar el laser de mi rifle? – le preguntó Gregorius
- ¿Y la bala de mi revolver? – inquirió Mal.
- ¡¿Y el aliento de Dios, hijos de puta?! – dijo una tercera voz con la firmeza y la convicción de la fe.
El padre Klaus irrumpió en el callejón alzando las manos hacia el cielo y mostrando el cañón de su lanzallamas. Eso tuvo un efecto inmediato sobre los matones. Lo que en principio había parecido una presa fácil, se había transformado en tres hombres armados con armas de fuego y encima uno de ellos perteneciente a la orden más turbia de todas las órdenes religiosas.
- Creo que la bolsa se os ha caído dentro, ¿no chicos? – dijo esta vez Mal.
- Euh… si, si, claro… euh, perdón, ha sido una confusión…
Desaparecieron por la puerta de la cantina a gran velocidad y se quedaron solos en la calle Gregorius, Klaus y Malcolm.
- No ha estado mal, padre. – le dijo alegrement Mal al avestita.
- Dios provee, hijo mio, dios provee… – respondió el religioso.
Y juntos, se encaminaron en busca de Mya Li-Halan para obtener la información que les permitiera hacer el viaje de la forma más segura posible.